Rabi`a Al-Àdawiyya: la cuarta hacia el uno.

Mardía Herrero

Nuestro vídeo sobre Râbi`a:

La vida de Râbi`a puede ser expresada en una frase. La mística de Basora hizo solo una cosa en su vida: amar a Dios. Su nombre anuncia una paradoja: era la cuarta hija de un matrimonio pobre y por eso la llamaron Râbi`a, la cuarta, y tal vez ahí nació su anhelo de desprenderse de sí y sustituir el cuatro por el uno. Solo una cosa hizo: amar entera, amar sin esperar recompensas, amar por amor.

El corazón de Râbi`a no tenía espacio para nada más: la belleza de la creación le parecía insuficiente, la posibilidad del matrimonio incompatible con su vocación, la promesa del paraíso, un velo; el temor al Infierno, insustancial; ella no tenía tiempo ni para rechazar a Satán ni para atender al Profeta. Emprendió su peregrinación a La Meca y, cuando la Kaaba salió a recibirla, también se lamentó de no poder ir más allá de la morada para alcanzar al Morador. La ilaha ilallah. No hay más realidad que Él. Radical e imposible fue su postura. Al dualismo que es la respiración también hubiera querido saltárselo. Escapar de su condición humana, de esta vida que para ella separaba, ir siempre un poco más allá y morir antes de morir. Salirse de sí para sumergirse en Dios, ese océano. Su piel desvanecida en átomos que nadan por el mar, hecha una con el Uno, vertida por fin en Él, sus lágrimas borrando los límites de su cuerpo y su corazón convertido en espejo del espejo. Los peces multiplicándose en su corazón.

Comprendida la inevitable ineficacia de las palabras, lo demás es danzar con su vida y sus anécdotas para hacer de ellas un espejo de nuestras almas.

La historia de Râbià, teñida de leyendas, está recogida en algunos textos desde el siglo X. Farîduddîn `Attâr habló extensamente de ella en Memorias de los Amigos de Dios. La santa nació en Basora, ciudad iraquí, hacia el 95/714 o 99/717. Su familia era tan pobre que en la casa donde vino al mundo no había ni una gota de mantequilla con la que untar su ombligo, ni una lámpara para alumbrarla, ni un pedazo de tela con el que envolver su cuerpo. Quedó huérfana muy pequeña, fue vendida como esclava a un hombre, y cuando éste se asomó una noche a la habitación de la joven y comprobó que ella rezaba sin descanso y emitía una extraña y purísima luz, puso su destino en sus manos: puedes marcharte si quieres, le dijo; eres libre.

Entonces Râbi`a partió hacia el desierto, templo infinito de ascetas y sedientos de Dios, escenario de pruebas, máquina del tiempo, bruñidor de corazones. El proceso que Râbi`a vivió allí queda suspendido en los márgenes de su historia como una oquedad. Como los años de formación de Jesús. 

Al cabo del tiempo, Râbi`a regresó a Basora, ciudad floreciente en la confluencia del Tigris y el Eúfrates, Venecia del Próximo Oriente, lugar de paso para el tráfico fluvial, las caravanas y los peregrinos, punto de partida de los viajes de Simbad. Allí, Râbi`a construyó una cabaña pequeña con la intención de dedicar su vida a la oración. La techumbre era de ramas secas y quizá un poco de estiércol. Dentro solo (esto lo cuenta Muhammad ibn´Amr) una estera de juncos, unos trébedes de caña persa de dos metros de alto, un cántaro para sus abluciones, un odre y una especie de manto que le servía a un tiempo de lecho y de alfombra de oración.

Râbi`a pasaba las noches en vela rezando sin descanso. Envuelta en su capa, separada ya del mundo por el silencio, creía por fin quedarse a solas con su Señor. Para que pudiera romperse por fin la distancia, Râbi`a lloraba. Sus lágrimas eran la cifra de su sed. No admitía dones, asumía con alegría las enfermedades que le venían, renunció al matrimonio una y otra vez, hasta ella llegaban buscadores espirituales de tierras cercanas y lejanas persiguiendo su consejo y un destello en su faz de la luz de Dios. Algo así dijo el profeta Muhammad en un hadiz qudsi (la divinidad hablando a su través): Mi siervo sigue acercándose a Mí con los actos supererogatorios. Y así gana mi amor. Y cuando Yo lo amo, me convierto en el oído por el que oye, los ojos por los que ve, las manos con las que toca y los pies con los que camina”.

Râbi`a persiguió la intimidad con Dios y dejó que su cuerpo asumiera su vida pública. Un pie completamente en el ahora, y el otro en la eternidad, allá lejos. Fue maestra, consejera, participó en dikrs o reuniones sufíes para rememorar los nombres divinos, y cuando no acudía a la asamblea en la que su discípulo Hasan pronunciaba habitualmente sus sermones, este prefería callar. Era la escucha de Râbi`a lo único que le interesaba.

La anhelada muerte, lugar de encuentro para ella entre el amante y el Amado, zambullido, le llegó hacia el año 185/801, con más de ochenta primaveras. Unos maestros que fueron tiempo después a visitar su tumba la oyeron exclamar que era hermoso lo que había sucedido; que había hecho lo que debía y encontrado el camino recto; que sabio solo era Dios.

Siglos después, cuando el canciller de Luis IX, Joinville, regresó de la séptima cruzada (siglo XIII) trajo a Europa noticias de un dominico que hablaba el sarraceno y que se había encontrado a una anciana con un cuenco lleno de fuego en la mano derecha y un frasco con agua en la izquierda. Quería, contó el fraile, quemar el paraíso y extinguir el fuego del Infierno, para que los humanos solo pudieran amar a Dios por Dios. O lo que es lo mismo: fusionar los dualismos, disolver el ritmo de la respiración, romper las leyes que rigen la vida de las criaturas, convertirnos a todos en Dios: el Uno.

Porque no somos, la ilaha ilaAllah, y este es el mensaje de la santa de Basora, otra cosa.

BIBLIOGRAFÍA

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